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Las discusiones sobre género tienden a centrarse en la subrepresentación de las mujeres en el liderazgo, que, lamentablemente, es más o menos universal. La cuestión que ofrece interés es estudiar hasta qué punto la mayoría de los líderes son incompetentes y cuál es la relación entre género, personalidad y liderazgo y, más específicamente, cómo el género y la personalidad dan forma a nuestras elecciones de líderes, para después poder analizar cómo esos líderes impactan en las organizaciones.

Esta relación sugiere que la pregunta principal que deberíamos hacernos, ya no es por qué no hay más mujeres líderes, sino si la razón por la que hay tantos hombres que se convierten en líderes, si se debe realmente a que son mucho mas competentes que las mujeres o además de otras razones ligadas a las estructuras de poder, qué es lo que está pasando en las organizaciones, y cuál es el precio que la sociedad está pagando por ello.

El psicólogo organizacional Tomas Chamorro-Premuzic, ha desarrollado una interesante investigación que concluye con que una gran mayoría de personas reconoce haber trabajado en organizaciones con líderes un tanto alejados de ser tan buenos como se creen. Y que a su vez, tales líderes, tienen muchas mas posibilidades de ser hombres, pero no solo de forma proporcional al número de hombres líderes en las organizaciones, sino de forma un tanto exponencial.

Su investigación sugiere tres razones principales para ello:

La primera es la incapacidad para la mayor parte de las personas de distinguir entre confianza y competencia. En todas las culturas y países, tendemos a suponer que las personas seguras tienen más potencial para el liderazgo. Sin embargo en cualquier área de talento, incluido en el liderazgo, hay escasa relación entre la confianza en uno mismo y la competencia.

La segunda razón es la atracción que las personas sienten por los individuos carismáticos, particularmente desde la explosión de los medios de comunicación de masas, aunque se haya visto minorado por la reciente era digital. Parece que en general las personas queremos líderes entretenidos, aunque seamos capaces de distinguir, entre aquellos y los líderes efectivos. De hecho, cada vez mas personas están convencidas de que los mejores líderes suelen ser humildes en lugar de carismáticos, hasta el punto de resultar aburridos. Basta con pensar por ejemplo en Angela Merkel: una líder sin glamour que asiste preparada a las reuniones, deja que otras personas hablen sin interrumpirles, toma decisiones racionales e informadas y está libre de escándalos. En contraste, existen numerosos líderes carismáticos con vidas curiosas y hasta fascinantes, que terminan arruinando países y organizaciones.

La tercera y última razón para el surgimiento de hombres incompetentes es la incapacidad de muchas personas para resistir el atractivo de los individuos narcisistas, personas con visiones grandiosas que aprovechan nuestro propio narcisismo y nos hacen soñar. Siempre hemos admirado a las personas famosas, pero nuestra admiración por las personas que se admiran a sí mismas, lleva décadas incrementándose y se ha convertido en un verdadero problema con las generaciones Y y Z.

¿Cómo evitamos entonces que los hombres incompetentes se conviertan en líderes?

La primera solución es buscar las cualidades que realmente distinguen a los buenos líderes. Existe un desajuste patológico entre los atributos que nos seducen en un líder y los que se necesitan para serlo. En lugar de seguir a personas seguras, narcisistas y carismáticas, debemos promover a las personas competentes, humildes e íntegras. Esto conduciría además a una mayor proporción de líderes femeninos, dado que los estudios científicos a gran escala muestran que las mujeres obtienen puntuaciones más altas que los hombres en competencia, humildad e integridad.

La segunda solución es desconfiar de nuestro instinto básico. La mayoría de las personas se fía de su instinto, pero no ha desarrollado una verdadera intuición fiable, que requeriría un mayor introspección, un sentir desde su interior, antes de tomar decisiones. Una solución sería desarrollar mas la intuición y otra dar menos importancia a las impresiones, ya sean de entrevistas de trabajo o primeros encuentros, que a menudo están cargadas de sesgos inconscientes.

Mejorar la calidad de nuestros líderes y contribuir a que más mujeres lleguen a posiciones de liderazgo, exige superar esos sesgos y no reducir los estándares competenciales, cuando se selecciona a mujeres. Pero también significa no descartar a los hombres que carecen de las características masculinas tradicionales que coinciden con nuestros arquetipos de liderazgo viciados, como hemos comentado.

En la medida en que podamos hacer estas cosas, conseguiremos mejores líderes en nuestras organizaciones y países. El progreso comienza con todos y cada uno de nosotros. Por ello, si queremos mejorar el nivel de competencia de nuestros líderes, lo primero que necesitamos mejorar, es nuestra propia competencia para juzgar y seleccionar líderes, especialmente cuando son hombres.

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