Una historia de mujeres, trabajo, independencia y liderazgo que comenzó hace más de dos siglos. Una reflexión a partir de una historia compartida por Élida Alfaro, Directora del Seminario Mujer y Deporte-INEF, UPM
Hay historias del pasado que resultan sorprendentemente contemporáneas. Esta comienza en un edificio que muchos conocemos. Hoy alberga el Rectorado de la Universidad de Sevilla. Durante casi dos siglos fue la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla.
Su construcción comenzó en 1728, en un momento en el que el tabaco constituía una extraordinaria fuente de ingresos para la Corona. El edificio da una idea de su importancia: monumental, protegido por un foso y concebido no solo como espacio industrial, sino también como un recinto sometido a una estricta vigilancia. Pero la historia más interesante que ocurrió entre aquellas paredes no tiene que ver con el tabaco. Tiene que ver con las mujeres.
Cuando las mujeres entraron en la fábrica
A comienzos del siglo XIX las mujeres comenzaron a incorporarse a la elaboración de cigarros. Hay constancia documental de cigarreras trabajando en la fábrica sevillana desde 1812. Su incorporación no respondió a una voluntad de emancipación femenina ni a una política de igualdad. Respondió a necesidades productivas y económicas, pero ocurrió algo que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia: cuando las mujeres acceden a una oportunidad económica, las consecuencias terminan desbordando el motivo por el que se les permitió entrar.
Las cigarreras fueron ganando presencia en la fábrica hasta convertirse en una parte fundamental de su actividad. En sus momentos de mayor ocupación llegaron a ser varios miles.
Miles de mujeres compartiendo un espacio de trabajo. Miles de mujeres aprendiendo un oficio. Miles de mujeres recibiendo una remuneración propia. Y miles de mujeres relacionándose entre ellas cada día. Eso era mucho más que una fábrica, era una comunidad.
Antes de hablar de liderazgo, ellas ya lo practicaban
Las cigarreras se organizaban en grupos de trabajo conocidos como ranchos, dentro de los cuales existían mujeres con mayor experiencia y responsabilidad. Nos resulta particularmente interesante observar esa organización desde el siglo XXI. Porque aquellas mujeres no habían estudiado liderazgo. No conocían conceptos como empowerment, networking, personal branding o management. Pero organizaban, enseñaban, transmitían conocimiento, negociaban, defendían intereses compartidos, creaban redes, y algunas asumían responsabilidades sobre otras.
Es decir: antes de que las llamáramos líderes, ya estaban liderando.
La independencia económica cambia mucho más que una nómina
Quizá este sea el aspecto de su historia que más debería hacernos reflexionar. Aquellas mujeres seguían viviendo en una sociedad que les reconocía muchos menos derechos que a los hombres. Trabajar no las convertía automáticamente en mujeres jurídicamente iguales ni completamente independientes, pero recibir una remuneración propia introducía algo extraordinariamente poderoso en sus vidas: capacidad de elección.
La independencia económica no es solo disponer de dinero. Es poder decidir, poder negociar, poder decir que no, poder imaginar una alternativa. Y, en determinadas circunstancias, poder abandonar una situación que ya no queremos aceptar. Por eso el acceso de las mujeres al trabajo ha sido una de las mayores transformaciones sociales de los últimos dos siglos. No solo cambió quién producía: cambió quién podía decidir sobre su propia vida.
De la independencia individual a la fuerza colectiva
Pero las cigarreras hicieron algo más. Se organizaron. Cuando consideraban que sus condiciones de trabajo estaban amenazadas, actuaban colectivamente. Los archivos conservan testimonios de conflictos y protestas protagonizados por estas trabajadoras durante el siglo XIX. Habían comprendido intuitivamente otra de las grandes reglas del liderazgo: tener voz es importante; lograr que esa voz tenga influencia es mucho más difícil.
La autonomía individual les había proporcionado la capacidad de elección. La organización colectiva multiplicó su capacidad de influencia, y quizá por eso aquellas mujeres llamaron tanto la atención de quienes llegaban a Sevilla desde otros países europeos.
De las cigarreras nació también un símbolo
Viajeros, escritores y artistas encontraron en aquellas trabajadoras algo que rompía con la imagen convencional de la mujer del siglo XIX. Mujeres que trabajaban,que ocupaban el espacio público, que hablaban, que fumaban, que ganaban su propio dinero, que mostraban carácter.
La cigarrera terminó convirtiéndose en un personaje del imaginario europeo y está detrás del universo que inspiró a Prosper Mérimée para crear a Carmen, publicada en 1845, y posteriormente a Georges Bizet para convertirla en una de las protagonistas más universales de la ópera. La literatura convirtió a la cigarrera en mito, pero quizá las mujeres reales sean todavía más interesantes que Carmen porque no necesitaban ser heroínas. Necesitaban ganarse la vida, y al hacerlo fueron conquistando espacios de autonomía.
Dos siglos después, ¿qué significa ser independiente?
Esta historia nos lleva inevitablemente al presente. Durante generaciones, la independencia económica de las mujeres estuvo vinculada a una primera conquista fundamental: poder trabajar. Después llegó otra: acceder a profesiones antes reservadas a los hombres. Más tarde, dirigir equipos y organizaciones. Hoy encontramos mujeres al frente de empresas, universidades, instituciones, hospitales, despachos y organizaciones de todo tipo, pero quizá haya una nueva frontera de la independencia profesional de la que hablamos mucho menos.
La capacidad de decidir qué hacemos con nuestro conocimiento cuando hemos acumulado 25 o 30 años de experiencia.
Porque la independencia también consiste en no depender para siempre de una estructura corporativa, en poder transformar experiencia en criterio, en poder elegir una segunda carrera, en seguir generando ingresos, influencia e impacto cuando termina —por elección propia o ajena— una determinada etapa ejecutiva.
Del trabajo a la alta dirección. Y de la alta dirección a la influencia
Para muchas mujeres que hoy ocupan posiciones de responsabilidad, el siguiente paso profesional no tiene necesariamente que significar dirigir una organización todavía mayor. Puede significar algo diferente:
- Participar en consejos.
- Asesorar empresas.
- Mentorizar a otros líderes.
- Invertir.
- Emprender.
- Enseñar.
Construir un portfolio profesional en el que distintas actividades permitan mantener independencia económica, desarrollo intelectual e influencia, y esto exige también un cambio de mentalidad. Después de muchos años siendo valoradas por hacer, las profesionales sénior tienen que aprender a poner en valor algo diferente: lo que saben.
- Su experiencia.
- Su criterio.
- Las decisiones difíciles que ya han tomado.
- Los errores que han aprendido a evitar.
- Su capacidad para formular la pregunta que nadie está haciendo.
- Eso también es liderazgo.
Una historia que todavía continúa
Las cigarreras sevillanas no hablaban de liderazgo femenino, no necesitaban hacerlo: trabajaban, aprendían, se organizaban y defendían su capacidad para ganarse la vida. Más de dos siglos después, las circunstancias son radicalmente distintas, pero permanece una idea que merece ser recordada: la independencia económica ha sido siempre una de las condiciones de la libertad, y cada generación de mujeres tiene que descubrir cómo construir la suya. Para unas fue entrar en una fábrica, para otras, entrar en una universidad, después fue llegar a la dirección de una empresa.
Para muchas mujeres de nuestra generación, el siguiente desafío puede ser conseguir que décadas de experiencia no terminen con el último cargo ejecutivo, sino que se conviertan en el comienzo de una nueva etapa porque una carrera profesional no tiene por qué tener una sola cima, puede tener varias, y quizá la verdadera independencia consista precisamente en eso: poder elegir cuál queremos escalar después.
¿Qué pueden enseñarnos hoy las cigarreras sevillanas sobre independencia, liderazgo y poder de decisión? Una posible segunda carrera
Para algunas personas con una larga trayectoria ejecutiva, esa siguiente etapa puede encontrarse en los consejos de administración y consejos asesores: transformar años de gestión en criterio, supervisión, estrategia e influencia.
Desde esa visión nació Women Joining Boards (WJB): no como un punto de llegada, sino como una herramienta para quienes quieren explorar el gobierno corporativo como parte de una segunda carrera profesional y continuar construyendo independencia, propósito e impacto.


